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Semillas de Lino (o linaza)

Origen: Linux usitatissimum L., hierba que pertence a la familia de las Lináceas. Las fibras del tallo de ciertas variedades se utilizan para la confección de telas. Las semillas se considera un Alimento Funcional, porque su consumo produce efectos positivos en diversas funciones orgánicas.

Composición: posee ácidos grasos poliinsaturados esenciales, Omega 3 y Omega 6; proteínas; vitaminas: E y del grupo B; minerales: yodo, zinc, hierro, caroteno, magnesio, calcio, sulfuro, potasio, fósforo, manganeso, silicio, cobre, níquel, molibdeno, cromo y cobalto; enzimas que intervienen en la digestión..

Propiedades: reduce la incidencia de cáncer de mama, colon y próstata por la presencia; estimula el movimiento intestinal y previene el estreñimiento, además de proteger el tracto digestivo; regula el colesterol, la agregación plaquetaria y la glucosa en sangre, por lo que ayuda a la buena circulación sanguínea; efecto positivo en casos de reuma, artritis y artrosis; interviene en la transmisión de impulsos.

Precauciones: no recomendada para mujeres embarazadas o en período de lactancia, personas que puedan sufrir obstrucciones intestinales e incluso, puede interferir en la absorción de ciertos medicamentos. Consulte con su médico. Y recuerde que como todos los alimentos de su grupo, posee un porcentaje alto de calorías.

Consumo: su aceite o bien, las semillas, tanto enteras como molidas, que se pueden incorporar a diferentes preparaciones, entre ellas barras de cereal, panes, galletitas y otros horneados. Además de combinar con yogur, ensalada de frutas o verduras, salteados de vegetales o arroz.

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Claves para una buena digestión

Porque estamos nerviosos. Porque nos apuramos. Porque incorporamos mucho más de lo que necesitamos. Y porque después nos duele la panza y nos sentimos “mal”. Aunque parezca un lugar común, vale recordar que comer va más allá del simple acto de meter comida en el cuerpo. Como punto de partida, forma parte del sistema básico de supervivencia de cualquier individuo. El hecho es que, ya sea por falta de tiempo o desconocimiento, no siempre le dedicamos a esta acción la atención que merece. Y esto trae consecuencias: un estudio reciente de la Organización Mundial de Gastroenterología indica que seis de cada diez argentinos padecen trastornos digestivos.

La “evidencia” aparece apenas unos minutos después de las comidas, cuando nuestro aparato digestivo se manifiesta a través de la hinchazón, las molestias, el dolor de panza: hablamos de la mala digestión o dispepsia. Más allá del malestar estomacal, relacionado con las inflamaciones que producen los alimentos fermentados en el tracto digestivo -que luego pasan a la sangre a través de las moléculas mal digeridas-, cuando el proceso es lento existe el riesgo de que se produzca una mala absorción de los nutrientes esenciales, lo que puede derivar en problemas aún mayores.

Es cierto, comer bien lleva un poco más de tiempo y atención. Además de la selección de los alimentos a ingerir, se trata de cuidar la digestión. Los que padezcan dificultades frecuentes, deberían evitar las combinaciones de carbohidratos y alimentos ácidos, arroz o huevos con queso, legumbres con carne y frutos secos con leche, ya que complican la acción de las enzimas salivales y el proceso se vuelve todavía más lento. Conviene optar por raciones más pequeñas (con colaciones durante el día), en lugar de hacer períodos largos de ayuno alternados con ingestas copiosas, especialmente al final del día. Y ya que hablamos de la noche, siempre recordar que necesitamos al menos dos horas para hacer una buena digestión y recién después podemos acostarnos a dormir.

El momento de la comida debe ser agradable. Por unos minutos deje de lado el trabajo, las responsabilidades y las complicaciones. No atienda el teléfono y evite las discusiones o peleas innecesarias. Deje tiempo entre bocado y bocado, y mastique con cuidado. Si resulta imposible hacerlo, coma lo justo y necesario y evite llenarse de alimentos que después no va a poder digerir.

Las gaseosas, el tabaco y las bebidas alcohólicas no se llevan bien con los problemas digestivos. En estos casos, se recomienda también incorporar el líquido antes y después de las comidas, y no durante las mismas, ya que diluyen las secreciones del sistema digestivo. Y hay quienes sugieren empezar por la fruta para evitar la hinchazón que produce la fermentación de sus azúcares. Para el final, nada mejor que una infusión digestiva, que puede ser de boldo, menta, hinojo, manzanilla o pasionaria.

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Alimentos del Siglo XXI

En el quiosco o en la góndola del supermercado, cada vez son más los productos que vienen “reforzados” con fitoesteroles, pre y probióticos, ácidos varios, vitaminas, minerales y otros agregados. ¿Qué son y para qué sirven?

Hace apenas unos años, las opciones eran más limitadas. Zanahoria para la piel (¡y la vista!), lácteos para los huesos y una buena variedad de cereales y semillas (porque son buenos y punto) era lo más complejo a lo que podían acceder aquellos que buscaban seguir un plan alimentario “que haga bien”. Se hablaba de una “nutrición completa” para aquellas dietas incluyeran una buena variedad de alimentos (con el cuidado de evitar aquellos que son perjudiciales para la salud). En la actualidad, las etiquetas de los productos nos hablan de pre y probióticos, fitoesteroles, ácidos grasos, vitaminas, minerales y otras sustancias de las que, generalmente, sabemos poco y nada. Son lo que se conoce como alimentos funcionales (o súper alimentos y también, alicamentos, por la combinación de alimento y medicamento), porque poseen principios biológicamente activos que benefician las funciones del organismo, y conforman la denominada “nutrición óptima”. En definitiva, se trata de mejorar la calidad de vida a través de la alimentación.

En líneas generales, podemos decir que estos alimentos se dividen en dos grupos: los naturales, que incorporan elementos como las diferentes semillas, salvado, trigo; y los procesados, como los lácteos reforzados con calcio o hierro. De recorrida por la góndola del supermercado encontramos yogures y lácteos fermentados con cultivos prebióticos (que también se encuentran en cereales y postres) o bien, enriquecidos con Omega 3, calcio o hierro; bebidas a base de soja o saborizadas con antioxidantes y minerales; tapas de tarta, polenta y harina con salvado y fibra; barras de cereal y alimentos infantiles reforzados con calcio, hierro, zinc, ácido fólico y vitaminas; margarina con fitoesteroles; y hasta chicles con xilitol para prevenir las caries.

En una explicación simple, se puede decir que los probióticos son bacterias vivas que ayudan a eliminar sustancias patógenas y favorecen la flora intestinal. Que los prebióticos son sustancias vegetales no digeribles que regulan el intestino y favorecen la absorción de calcio y fortalecen las defensas. Y que las frutas y verduras poseen elementos de gran poder antioxidante, anticancerígeno y que, además, ayudan a regular el colesterol ya que eliminan el colesterol malo.

Las mujeres deberían saber que la soja y sus derivados alivian los síntomas de la menopausia. Y si están embarazadas (o planean estarlo), es bueno incorporar ácido fólico y hierro (que se puede encontrar, por ejemplo, en cereales fortificados), ya que reduce el riesgo de que el bebé nazca con espina dorsal bífida.

Además de mejorar los huesos, el calcio previene la osteoporosis y regula el funcionamiento neuromuscular, la coagulación de la sangre y otros procesos metabólicos. Y ciertos estudios sostienen que su carencia podría generar resistencia a la pérdida de grasa corporal (o al revés: su ingesta ayudaría a bajar de peso).

Más allá de los “agregados”, estos descubrimientos apuntan también a revalorizar los componentes de los alimentos tradicionales. En esa línea, se sabe que la manzana, el ajo y el brócoli son anticancerígenos. Lo mismo que el tomate, que contiene licopeno (con especial efecto sobre la próstata). Y la leche o el salvado de trigo (para el colon). Por otro lado, frutas y verduras, legumbres, té, pescado, nueces, maní, salvado de avena, porotos de soja, palta, aceite de oliva, son los aliados del corazón.

Al igual que las margarinas y las leches enriquecidas con fitoesteroles entre los procesados que, al igual que los alimentos que contienen ácidos de la familia Omega, ayudan a reducir el colesterol “malo” o LDL.

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